viejos

Las palabras importan mucho. Decirle a alguien “joven” nos parece natural, pero decirle a alguien “viejo” parece denigrar, ultrajar y ofender. ¿Se han preguntado por qué?

Las palabras nos conciernen porque estos conjuntos de letras contienen significados e historia, y representan las formas en las que vemos el mundo, más aún cuando se refieren a grupos de personas, tomando connotaciones específicas sobre todo en lo que se refiere a la edad y al paso del tiempo.

A un humano recién llegado al mundo le llamamos “bebé” y poco después le comenzamos a llamar “niña” o “niño”, y después “joven” o “señorita”. Nadie considera a estas palabras un insulto y nadie se avergüenza de decirlas.

Estas palabras dan cuenta del recorrido que como seres vivientes hacemos a través de nuestra vida, pero cuando se traspasa la juventud, las palabras adquieren otro significado, y ya no queremos que describan ese recorrido. Sin duda sería un insulto llamar a alguien “viejo” o “vieja”.

En el caso de las mujeres la palabra “señora” incomoda, sobre todo cuando se escucha prematuramente en oídos de mujeres que transitan entre la juventud y la madurez.

“Me dijo señora, ¿será esta ropa que me puse hoy? ¿De verdad ya parezco señora?”

Esta carga que existe y sentimos, se debe en parte a que, en nuestra sociedad, las mujeres “pierden valor cuando envejecen”. Hay excepciones porque para algunas mujeres, la palabra “señora” se adopta con orgullo cuando se utiliza para referirse al estatus de ser una mujer casada: “la señora de Villavicencio”, pero definitivamente se rechaza cuando se basa en la suposición del interlocutor que asume que una mujer ya no es tan joven.

También es diferente ser un “señor” o incluso un “señorón”, palabras que los hombres portan con jactancia, por dar más estatus que el ser joven.

¿Qué pasa con los viejos?

En el caso de los viejos, llamarlos así suena grosero y humillante. El término “viejo” proviene del latín vetustus, que significa “antiguo” y del sufijo ez que implica una cualidad. Es decir, ser viejo es la cualidad de ser antiguo.

De esa misma etimología provienen las palabras vejez y envejecimiento. La primera da cuenta de una etapa de la vida y la segunda expresa el proceso de desarrollo que inicia con el nacimiento y culmina con la muerte. Ambas palabras las usamos con naturalidad y soltura, puesto que expresan lo que son.

Pero ¿qué pasa con las palabras “viejo” y “vieja”? ¿Por qué preocupan e insultan a tal grado que tenemos que reemplazarlas por otras? A los que van hacia allá, les decimos personas de mediana edad y a los que ya llegaron a la vejez les decimos personas en plenitud, personas de la tercera edad, personas de la cuarta edad, personas adultas mayores, personas maduras. Todo esto con el afán de ser políticamente correctos.

En la cotidianidad les decimos “viejita” o “viejito”, “ancianita” o “ancianito”, diminutivos que buscan suavizar palabras que portan estigma, pero el problema no es su vejez, sino nuestros prejuicios y toda la carga negativa que colocamos en esa etapa de la vida.

Las palabras senectud, vejez y ancianidad no tendrían por qué ofender, aunque lo hacen. Son palabras que nos afectan porque describen y expresan lo que somos como sociedad y muestran la prevalente imagen negativa que tenemos hacia una etapa de la vida, que no es diferente a las demás.

Es obvio que hay palabras que buscan humillar y denigrar, como “vejete”, “cucho” o “decrépito”. Esas hay que abolirlas, olvidarlas y rechazarlas. Pero hay otras que describen, y esas hay que defenderlas.

Lo que debe preocuparnos es que el envejecimiento nos parezca tan deshonroso y denigrante, que tenemos que utilizar eufemismos para esconderlo detrás de un conjunto de palabras que no hablan de este proceso.

Persona mayor, ¿mayor a qué? ¿Debemos acaso llamar a un bebé persona menor? En las discusiones sobre infancia se rebate el hecho de llamarles menores porque eso los denigra. Entonces, ¿por qué a los viejos debemos llamarlos mayores, despojándolos al mismo tiempo de los calificativos que sí describen su extendido camino por este mundo?

Después de que yo logre transitar una larga travesía, quiero que me digan vieja. Me lo habré ganado.

Marian Baz es candidata a doctora en Ciencias Sociales dentro del Programa de Posgrado en Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Es maestra en Estudios Políticos y Sociales y licenciada en Psicología Social. Ha fungido como asesora parlamentaria en temas de desarrollo social en el Senado de la República, la Cámara de Diputados y como consultora para UNFPA y otras organizaciones de la sociedad civil.

5 thoughts on “¿”Viejos” o “adultos mayores”? El estigma en las palabras”

  1. Muy buena descripción de la utilización del lenguaje y su interpretación. Considero muy importante este tema! Felicidades a la autora

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