arturo zaldívar

La llamada Ley Zaldívar marca un hito en nuestra historia parlamentaria, pues sienta un nefasto precedente para la vida institucional de México. Ahora, para incurrir en los más escandalosos desaguisados, bastará con que una fuerza política tenga la mayoría y proceda sin escuchar otras voces y se atreva a pisotear la Constitución.

En la tradición de sometimiento de los poderes formales al Ejecutivo, pareciera que es apenas una mancha al tigre de la arbitrariedad, pero lo cierto es que representa más, mucho más, pues a nadie escapa que de ahí a la reelección presidencial no media más que un paso.

La prolongación del mandato para el presidente de la Suprema Corte, mediante un artículo metido con calzador, a última hora, sin pasar por comisiones para su estudio, cobra mayor gravedad porque se trata de una violación tumultuaria de la Constitución, realizada por sus ejecutores con pleno conocimiento. Ha sido, es, la noche triste de la sexagésima cuarta Legislatura.

El contexto en que se produce tal aberración agrava el desafuero, pues quienes votamos por Morena en 2018 lo hicimos convencidos de que enderezaría el rumbo del país, tan lastimado por los gobiernos “neoliberales y conservadores”, que fueron capaces de grandes atropellos, entre otros, la desnacionalización del petróleo mediante el soborno en metálico a los diputados del PAN y del PRI, sí, compañeros de quienes hoy protestan por la violación de la Carta Magna por los mismos que entonces se opusieron al despojo del patrimonio nacional.

Desde luego, los políticos deciden y actúan de acuerdo con el futuro que desean, calculando los cargos y beneficios que les esperan. Ahí está la explicación tosca, pero ciertamente real de lo ocurrido en San Lázaro. Pero hay límites, como el patriotismo, el interés popular, las promesas y la congruencia. Esta vez todo fue sacrificado por los diputados de Morena para quedar bien con el Supremo, porque de él depende el porvenir de cada levantadedos.

En medio de tanta indignidad, la actitud de Porfirio Muñoz Ledo cobra la mayor relevancia, pues dijo lo que alguien del partido mayoritario debía decir para dejar constancia del agravio a la nación, de un momento de México en que la historia se bifurca, “o nos vamos hacia la democracia o nos vamos al autoritarismo”.

Muñoz Ledo desplegó buena parte de su poderoso arsenal político, jurídico y retórico, se mostró como el hombre de Estado que debió ser presidente de México y lanzó a sus compañeros de partido un grito que habrá de quedar en sus conciencias: “No somos rebaño, no somos mesnada. ¡Somos diputados de la nación!”.

En la tribuna desplegó su talento el político documentado, enérgico, magistral, erudito, didáctico, agudo, irónico, filoso… Era el viejo lobo de mar navegando a contracorriente, el militante que gritó: “¡Me opongo con toda la fuerza y convicción de mi ser, con todo el esfuerzo memorioso que hemos hecho desde 1988 para instaurar en el país un orden democrático y no una república autoritaria, a este insensato proyecto de violar la Constitución Política del país!”.

“Lo que más me duele y lo que más me hiere —dijo— es la violación de mis compañeros de partido, herederos, ya no diría legítimos, yo creo que ya son ilegítimos, del movimiento que iniciamos”. Lo confirmó la triste intervención de Ignacio Mier, líder de la bancada morenista, quien pretendió descalificar a quienes están en contra del reeleccionismo llamándolos “conservadores”, palabra que, para los serviles, se ha vuelto un mantra.

Para Porfirio, está claro que no se trata únicamente de prolongar el mandato del presidente de la Suprema Corte, “sino de una reelección disfrazada”. Pero advirtió que “México no es un rancho ni Macuspana ni Batopilas” (¿Palenque?) y llamó a defender la democracia frente a quien se empeña en “ser machista, ser autoritario, ser centralista, ser discriminatorio y ser chicharronista. Éste es el país de ‘sólo mis chicharrones truenan’”.

La firmeza de Muñoz Ledo, inevitablemente, nos remite al ejemplo de Belisario Domínguez, que también se opuso al rompimiento constitucional. Al chiapaneco le costó la vida; esperemos, en el caso de Muñoz Ledo, que no surja algún fanático que busque quedar bien con el tlatoani.

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