detectives salvajes

Llevas traje y corbata de lunes a viernes, el dinero que traes en la cartera no sirve de mucho; el trabajo, la corbata, el reloj, los calendarios. Todo es una falacia.

Oyes hablar de un autor, ¿quién es ese Bolaño? ¿De dónde salió? La editorial que lo publica es la misma que editó a Bukowsky en español por primera vez.

Llegas a la librería un viernes después del trabajo, echas una miradita desconfiada buscando algo  con qué pasar las próximas tardes pero hasta las librerías ya no son lo mismo.

Transcurren algunos días antes de que le arranques el empaque al libro nuevo. Son seisceintas nueve páginas y un madral de voces distintas.

Los Detectives Salvajes. Tomas el libro envuelto en celofán, sacas tu tarjeta de débito que es del mismo color que la pasta de la edición de bolsillo. Te subes a tu viejo mustang que intenta volar, pero sobre la avenida Balderas  apenas se arrastra entre semáforos en rojo.

Transcurren algunos días antes de que le arranques el empaque al libro nuevo. Son seisceintas nueve páginas y un madral de voces distintas. Transcurren más de veinte años dentro de la ficción, escuchas crujir la bisagra del tiempo.

Inicias la novela con el diario de García Madero. Cuando te enteras que el chamaco quiere ser poeta comienzas a desentumecerte. Real visceralistas. No sabes nada todavía pero comienzan a sonarte los nombres, la facha que traen, su genial forma de perder el tiempo y hablar de poesía destruyendo todo cuanto se ha dicho.

Los detectives y sus amigos navegan en una Ciudad de México que ya no existe; sin embargo, en tus recuerdos estudiantiles la puedes ver claramente.

El tiempo corre por distintos carriles simultáneos. Puedes tener dieciocho o veintidós o los más de treinta que te cargas ahora que lees. El tiempo es un chicle que se te pega a las botas industriales, a los desastrados y sucios pantalones de mezclilla, a la cabeza casi a rape, a los lentes escandalosamente grandes, a los bolsillos rotos y esa mezcla de sexo y sentimientos; alcohol y tortas de jamón; pálidas fotocopias con teoría literaria y hojas sueltas o libretas viejas donde escribes todo lo que crees que es poesía.

Vladimir Cano

Belano y Lima son tus compas. También eres Belano, también eres Lima.

Los detectives y sus amigos navegan en una Ciudad de México que ya no existe; sin embargo, en tus recuerdos estudiantiles la puedes ver claramente. Tú andabas en las mismas a los veinte, te dices conforme avanzas las páginas que se mueven entre un taller de poesía en la Facultad de Filosofía y Letras, un bar piojoso de la avenida Bucareli, la casa de la calle Colima, en la Condesa. El café La Habana.

En Los Detectives Salvajes te reencuentras con la quintaesencia de la rebeldía poética, todo aquello que buscaste y encontraste a tu modo aquí está…

Muchas escenas en calles y lugares que conoces bien porque en ese entonces caminabas ida y vuelta por esos rumbos, y ya vienen a tus recuerdos la plaza de la Ciudadela, la calle Revillagigedo, la zona roja frente al panteón de San Fernando. No paras de pasar páginas. No paras de encontrarte con algunos compas dentro de la novela. No le hace que tengan otros nombres, que vivan en otros barrios.

En Los Detectives Salvajes te reencuentras con la quintaesencia de la rebeldía poética, todo aquello que buscaste y encontraste a tu modo aquí está, en esas voces dispersas que se van uniendo entre librerías de viejo, cafés con leche, caminatas interminables por las noches de un DF desierto e indiferente.

No paras de pasar páginas. No paras de encontrarte con algunos compas dentro de la novela. No le hace que tengan otros nombres, que vivan en otros barrios.

¿Para qué buscar a Cesárea Tinajero si su búsqueda es como la misma poesía: un mero pretexto para vivir?  

No te quedas con la duda. A la par comienzas tu propia búsqueda y te enteras que el infrarrealismo sí existe y fue fundado por Roberto Bolaño y Mario Santiago Papasquiaro; que andaban de arriba para abajo reventando recitales serios, que los odiaban; que los infras tienen su propio manifiesto que fue leído una noche en la vieja cafetería de la librería Gandhi en Miguel Ángel de Quevedo en los ya lejanos setentas. Comienzas con tus obsesiones, recorres Abraham González donde se supone, Bolaño vivió un tiempo con su madre y hermana. Cada vez que encuentras un dato que parte de la realidad, a las pocas páginas lo encuentras en la novela.

Te sumerges en esa densísima  red de voces que habitan los años y el efecto que experimentas es muy parecido al que viste en alguna película sueca, donde en Copenhague existe una zona que habita el sonido.

Esperando el semáforo en rojo, comienzas a mirar lo que el tiempo ha ocultado con fachadas nuevas y anuncios espectaculares.

Cada vez que intentas traspasar su frontera la calle te repele, es una especie de gelatina que no te permite pasar. Del otro lado,  la calle aparenta ser la misma, pero quien logra penetrar ese muro invisible se enfrenta a un desafío.

Así de vívida es la zona de la ciudad donde rondan los realvisceralistas, así penetras en sus territorios porque mientras estás parado en la esquina de Bucareli y Morelos esperando el semáforo en rojo, comienzas a mirar lo que el tiempo ha ocultado con fachadas nuevas y anuncios espectaculares.

Ahí está el Encrucijada Veracruzana, ahí están Brígida y Rosario peleándose por el amor de García Madero. Volteas hacia el otro lado y un voceador grita en medio de la calle las noticias del día. Sales y entras de la zona sin darte cuenta.

Y qué puedes decir de la odisea que emprenden Belano y Lima, cada quién por su lado a través de las ciudades más disímbolas de Europa, haciendo lo que pueden para sobrevivir. Qué dices de Lima en París, de Belano en Barcelona.

Tú también atravesaste el océano para encontrarte con una mujer. También pasaste hambre y frío en las calles de Utrecht cuando todavía no leías a Bolaño.

Estabas en la lona. Sin dinero, sin trabajo, después de haber dejado en la puerta de las lágrimas de Schipol a la mujer que amarás siempre.

Cracracraaaaac. La bisagra del tiempo vuelve a tronar y ya estás en un avión de regreso con un paquete de galletas en la mochila. Esas galletas con café barato que te hacen llorar nada más de acordarte. Estabas en la lona. Sin dinero, sin trabajo, después de haber dejado en la puerta de las lágrimas de Schipol a la mujer que amarás siempre.

Crac… crac. Las páginas se doblan entre lo que viviste  y lo que leíste. Ahí aparecen otra vez las mesas de lámina de La X repletas de caguamas, tus amigas arriba de las sillas gritando ¡Callénse cabrones, vamos a leer poesía!

Tienen que transcurrir los años y las páginas para darte cuenta que estás ante un close up que se va abriendo poco a poco, y en ese trayecto apareces tú, aparecen todas las voces de los personajes, aparece tu barrio y el de ellos, tu lenguaje y el de los otros. Todo se va perdiendo en ese territorio inmenso, el territorio de una novela portentosa.

Aquí hay ficción pero no hay mentira. Tú también marcaste desde un teléfono público una madrugada desesperada. A ti tampoco te contestaron.

Bibliografía: Los Detectives Salvajes, Roberto Bolaño. Anagrama, 2003.

2 thoughts on “Tú también marcaste desde un teléfono público”

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