iglesia

Una vez que la parte occidental del imperio cayó en el año 476, comenzó la Edad Media, fue en esta época que la disputa de poder entre Estado e Iglesia creció.


En la primera parte vimos cómo la Iglesia tuvo que recurrir al emperador para solucionar conflictos y discusiones teológicas. El emperador, como único mandamás de Roma, convocó a un sínodo y posterior concilio que dejaría las bases del cristianismo. Al mismo tiempo, en el mundo de los símbolos se mostró como autoridad tanto civil como religiosa.

El Estado tenía la primicia y el clero a su lado, pero sometido. Una vez que la parte occidental del imperio cayó en el año 476, comenzó la Edad Media, fue en esta época que la disputa de poder entre Estado e Iglesia creció.

En Occidente el territorio se diseminó en los reinos fundados por los pueblos bárbaros: visigodos, francos, vándalos, burgundios, alamanes, jutos, anglos, sajones, hérulos, ostrogodos, etcétera. Los reyes germanos podían ser excelentes militares, pero en cuestiones políticas no tenían la habilidad del papa y menos del emperador de oriente.

En todo Occidente, el papa tenía el prestigio mayor; en el espacio de la fe nadie le disputaba la supremacía. Oriente era muy diferente, ahí el emperador mantenía la corona y el imperio mostraba signos de recuperación política, económica y militar. Comparado con los reinos occidentales, el imperio oriental estaba listo para reclamar los antiguos territorios imperiales por la fuerza.

Make the Roman Empire Great Again

Los pueblos bárbaros no fueron conscientes del gran cambio que trajeron sus incursiones. Para ellos el Imperio Romano siempre estuvo ahí y siempre seguiría; simplemente querían pertenecer al mundo romano, pero ahora eso ya no existía, al menos en la parte occidental. Para los emperadores de Oriente resultó sencillo controlarlos por medio de títulos y honores vacíos.

La grandeza se exponenciaba con victorias, y Justiniano tenía todo para obtenerlas.

A Odoacro, jefe bárbaro de los hérulos, quien ahora era rey de Italia, el emperador le nombró patricio (los patricios eran la clase social alta desde los albores de Roma); además, le entregaron una toga y se le dejó como representante imperial en Italia. Odoacro no dudó en aceptarlo y seguro se sintió que las podía todas con eso. Presumía su título y vestimenta cada que podía, pero, en el fondo, lo único cierto es que esas cosas ya no valían nada, sólo se trataba de pose y oropel.

En la primera parte del siglo VI, el trono del Imperio Romano de Oriente estaba en manos de uno de los políticos más hábiles y exitosos: Justiniano I (483-565). Éste se convirtió en emperador en el año 527. Roma siempre luchó por gloria y esa gloria, al menos antes del cristianismo, se explicaba y palpaba en las conquistas y territorios ganados. La grandeza se exponenciaba con victorias, y Justiniano tenía todo para obtenerlas.

Él quería, anhelaba, hacer a Roma grande de nuevo y… momento, ¿Roma? ¿Que no se supone que el imperio había caído? Sí, eso es verdad. La parte occidental no existía, sólo la oriental, que nosotros llamamos Imperio Bizantino, pero los habitantes de esa región nunca se llamaron a sí mismos bizantinos, eso fue gracias a los historiadores franceses en los siglos XVI y XVII. Ellos se nombraban romanos, y en verdad lo eran, se trataba de la parte oriental del Imperio Romano, siempre se sintieron romanos y nunca dejaron de pensarlo así. Los europeos occidentales con el tiempo los vieron raro, los minimizaban u odiaban, se trataba de un sentimiento compartido, no se crea que los bizantinos eran hermanitas de la caridad, también despreciaban a sus primos europeos. Con el tiempo lo llamaron Imperio Griego, pero los orientales nunca cambiaron su postura: eran romanos.

Nunca se llamaron a sí mismos bizantinos, Ellos se nombraban romanos, y en verdad lo eran.

En fin, Justiniano puso sus ojos en Occidente y planeó la reconquista de territorios a costa de esas bandas de bárbaros iletrados, sin cultura y peor aún, arrianos, ¿recuerdan a los arrianos? Esos cristianos que afirmaban que Jesús era creación de Dios y no parte de él, como lo sostenía el dogma católico con la trinidad. Antes de que sus ejércitos marcharan a la guerra, tuvo que sofocar revueltas internas y asegurar sus fronteras de otros enemigos como los sasánidas. El Imperio Persa Sasánida era la gran potencia que enfrentaba a los romanos en Oriente desde las épocas en que el imperio era una sola entidad; éstos se sentían herederos de aquellos persas que lucharon contra las ciudades griegas y que fueron conquistados por Alejandro Magno, hubo infinidad de conflictos con ellos, en el tiempo de Justiniano se desató una que quedó en empate, el emperador negoció una paz y ya con eso tenía el espacio suficiente para maniobrar.

El primer objetivo fueron los vándalos del norte de África. Para esta guerra Justiniano contaba con un general, un hombre que en su juventud logró una victoria inesperada contra los sasánidas y que, después, comandó las tropas que sofocaron los levantamientos en Constantinopla: Flavio Belisario. Justiniano le dio menos de 10 mil soldados y con eso, en un par de batallas, Belisario destruyó a los vándalos en el año 533. Después vino Italia, gobernada por los ostrogodos. En el 554 toda la península estaba en dominio bizantino, Belisario tomó Roma y Rávena, la que fuera capital imperial en los últimos días de la parte occidental. Además, ese mismo año la flota imperial conquistó la parte sur de la Península Ibérica. “¿Así o más chidos?”, se pavoneaba el emperador.

Justiniano cumplió sus objetivos; nadie, de verdad nadie le podía hacer sombra al imperio oriental en ese momento. Recuperó Rávena además de Roma, que ya en ese momento estaba lejos de su esplendor y se trataba más de un símbolo que de un valor político. Con todo en paz, Justiniano le dio un premio al papa Virgilio (atención con esto porque será importante en el pleito Estado vs. Iglesia), esto fue la Pragmática Sanción, la cual daba al obispo de Roma, o sea al papa, una parte de Italia y privilegios para la Iglesia. Seguramente Justiniano no lo hizo sólo por buena onda; por supuesto en este tipo de cosas siempre hay segundas intenciones, la Pragmática Sanción era un poder que daba el emperador, y lo que daba el emperador también lo podía quitar.

Una nueva creencia tomaba miles de simpatizantes y con el tiempo se convirtieron en un poder creciente, tan fuerte que hizo temblar al mundo cristiano.

Todo pudo terminar ahí, con ambos poderes en paz y con buenas relaciones. El imperio se había restablecido en muchas partes, las pugnas de fe estaban resueltas, al menos con esos arrianos, y el imperio tenía una figura fuerte y con excelente criterio político. Pero las cosas buenas duran poco y más en épocas como la medieval. A la muerte de Justiniano, el imperio mostró señales de crisis y debilidad, los gobernantes que le siguieron mantuvieron el poder aunque no tenían la misma capacidad. Nuevos enemigos aparecieron. Allá en los desiertos de Arabia, una nueva creencia tomaba miles de simpatizantes y con el tiempo se convirtieron en un poder creciente, tan fuerte que hizo temblar al mundo cristiano.

La media luna contra la cruz

mahoma

En el año 632, la península arábiga convulsionaba debido a una nueva creencia difundida por un hombre llamado Mahoma. Esta religión monoteísta tenía como único dios a Alá, quien para los árabes se trataba del verdadero dios. En poco tiempo, los ejércitos musulmanes dominaron el territorio y se expandieron a costa de sus enemigos.

El Imperio Persa Sasánida desapareció bajo las banderas de la media luna y los bizantinos perdieron Egipto, Medio Oriente y tuvieron a enemigo en las puertas de la actual Turquía. Para el año 661, el norte de África estaba amenazado, pero el golpe más fuerte del momento caería en 674, cuando la misma Constantinopla estuvo en asedio y resistió apenas gracias a las tropas que la defendieron, además de un arma poderosa: el fuego griego. Éste era una especie de líquido incendiario que se arrojaba a chorros desde los barcos bizantinos y resultaba imposible de apagar; incluso en el agua, aún continuaba ardiendo. Los bizantinos guardaron tan bien el secreto de esta arma, que hasta la fecha no sabemos cuál es la fórmula de su composición Los musulmanes no pudieron hacer nada para enfrentar ese fuego, su flota se destruyó y quedó en el fondo del mar.

Se trató de un revés importante para el islam y la primera vez que Constantinopla mostraría la capacidad para defender su capital y al mundo cristiano, aunque no hay que creer que los bizantinos defendían a sus primos occidentales; realmente peleaban por y para sí mismos, aunque indirectamente se protegió a esos nacientes reinos de origen germano. Hacia la segunda mitad del siglo VIII, los árabes cargaron de nuevo contra le mundo cristiano; en el 711 aprovecharon una guerra civil entre los visigodos de la Península Ibérica, actuales España y Portugal, y al poco tiempo ya tenían bajo control la zona.

El cristianismo podía pelear entre sí: donatistas, arrianos, ortodoxos y católicos creían estar en lo correcto en su interpretación de Dios. En cambio, el islam aún no tenía ese conflicto y pudo avanzar unido, ¿quién podría ayudar a los cristianos? El imperio más poderoso, el bizantino, apenas pudo detenerlos y los problemas no terminaban.

Las dinastías posteriores a Justiniano I no tuvieron la fuerza política suficiente; en el ámbito militar, poco a poco perdieron los territorios, al grado de sólo tener partes de Italia, además de las islas de Córcega y Cerdeña. Todo lo demás cayó en manos de enemigos. El trono fue usurpado. Los árabes notaron esto y se dieron cuenta que podían atacar, el año 717 fue un punto de inflexión entre el conflicto islam vs. cristianismo.

¿Quién podría ayudar a los cristianos? El imperio más poderoso, el bizantino, apenas pudo detenerlos y los problemas no terminaban.

En esta oportunidad, la media luna tenía intención de aplastar al imperio. La ciudad fue cercada por mar y tierra. Miles de efectivos, 800 barcos. Constantinopla caería y con ella quizá todo el mundo cristiano, pero los bizantinos a lo largo de su historia encontraron al líder adecuado para momentos de crisis; en esta ocasión lo hizo en la figura de un gobernante provincial de origen campesino, su nombre: León.

León nació en la región de Isauria, actual Turquía, otras fuentes mencionan que fue en Siria. La leyenda cuenta que cuando era un niño, un adivino le profetizó alcanzar la dignidad imperial. Previamente algunos emperadores habían accedido al poder a pesar de no nacer en cuna alta; por lo tanto, no era tan exagerado profetizar aquello. Fuera cierta o no la historia, León derrocó a Teodosio III, acusado de ser un usurpador, y subió al trono como León III.

El emperador enfrentó el sitio de tal forma que los árabes simplemente no pudieron pasar las murallas. Además, como buen político, León logró una alianza con los búlgaros, un pueblo túrquico de origen asiático que para ese momento se asentaba en la actual Ucrania, el avance búlgaro, el crudo invierno del 717-718 y las plagas que se desataron en el campamento de los sitiadores, contribuyó con la victoria. Además, el fuego griego hizo pedazos a la flota árabe. De 800 barcos que rodearon la ciudad, sólo cinco pudieron regresar a casa.

León III regresó la buena salud al imperio. Los enemigos estaban derrotados, las fronteras seguras, la economía poco a poco se levantó.

León III salvó la ciudad y al imperio, el golpe que le dio al islam fue tan grande que los árabes nunca intentaron tomar la capital nuevamente; otro pueblo, los otomanos, bajo la bandera de la media luna, lo intentaría siglos después. Si Constantinopla hubiera caído, seguramente los pueblos árabes marcharían sobre Grecia y los Balcanes, hasta llegar a las fronteras con los reinos occidentales, encontrarían poca resistencia a su llegada a las partes centrales de Europa y ahí los francos se las verían difícil para detenerlos, pero de poco sirve especular al respecto. León III los detuvo y Occidente, de forma indirecta, se salvó y pudo continuar su desarrollo gracias a la defensa bizantina.

León III regresó la buena salud al imperio. Los enemigos estaban derrotados, las fronteras seguras, la economía poco a poco se levantó, se reformó la organización de las provincias. Todo esto mostró al emperador que debía recuperar los espacios perdidos en occidente “Quien manda es el emperador, no los reyezuelos”, pensaba León. Italia debía recordar que era zona imperial, los gobernantes de esa región tenían dos opciones: someterse o someterse.

Italia también entró en los planes de reforma provincial, esto chocaba con la Pragmática Sanción de Justiniano I; sin embargo, no sería lo único porque León pertenecía a un grupo cristiano que veía mal adorar las imágenes en la iglesia. Este grupo se conoce en la historia como iconoclastas, los que rompen las imágenes, y sus acciones, abanderadas por el mismo emperador de Oriente, los llevarían a enfrentarse al mundo católico.

El emperador y los iconoclastas

León III tenía un conflicto directo con los iconos (palabra griega que significa «imagen»). En un principio, el cristianismo primitivo, como secta del judaísmo e influenciado por él, se oponía a la representación de Dios y Jesucristo; la razón era que esto se acercaba de forma peligrosa a la forma idolátrica que tenían los paganos de sus deidades. Cuando el mundo cristiano entró en contacto con Grecia, la representación de Jesús, María y otros santos se hizo más fuerte.

Esto para la época medieval estaba plenamente justificado: el grueso de la población no sabía leer ni escribir; además, la liturgia se impartía en latín o en griego, y las escrituras estaban en estas lenguas. Tener una imagen, un cuadro de dios, la virgen y los santos, ayudaba a los fieles a tener una idea de ese dios al que adoraban y le dedicaban su vida. Además, con esto conocían la vida de Jesús, sus milagros, la pasión y resurrección. Funcionaba, pues, como una pedagogía excelente.

La reforma de León III simplificaba la liturgia y afianzaba el poder imperial. Por supuesto, la Iglesia se opuso. Se formaron dos bandos: iconoclastas e iconodulos.

León III emperador bizantino
León III era el emperador, nació en Asia Menor y estaba en contra de los iconos.

A pesar de esto, en Asia Menor existían grandes sectores de la población que se negaban a adorar los iconos, lo veían como una idolatría; además, los sectores letrados tenían sus argumentos: “la gente es inculta, ¿cómo entenderá el simbolismo de una imagen? Lo adorarían como ídolo, al igual que los paganos”, por lo tanto, esa blasfemia era imperdonable. Si este pensamiento no tuviera eco en las clases dominantes nada hubiera ocurrido, los iconoclastas pasarían a la historia como una secta extremista del cristianismo y ya. No obstante, los acontecimientos fueron diferentes: León III era el emperador, nació en Asia Menor y estaba en contra de los iconos.

En el año 722, el emperador publicó un edicto en el que se prohibían las imágenes. Después, en 726, pasó a la ofensiva. Su reforma tenía tintes religiosos, por supuesto, pero también políticos de mucho peso. En la época de Constantino, la madre del emperador, Elena, encontró en Tierra Santa la supuesta cruz donde murió Jesús y muchas otras reliquias, éstas fueron llevadas a Constantinopla y apreciadas por los cristianos.

iconoclasta

Llegó el momento en que todos los monasterios e iglesias tenían una reliquia perteneciente a Cristo, la virgen o los santos; esto atraía a la población que apreciaba estos objetos y daba contribuciones al clero. La reforma iconoclasta implicaba la destrucción de estos elementos; para León III, los iconos y su veneración representaban tres problemas:

  1. La adoración de las reliquias en el imperio debilitaba la voluntad de las personas, las sometía al poder de un objeto e imagen sobre sus vidas. Debido a esto, la gente ya no actuaba para defender otra cosa que no fuera la reliquia, con ello, el imperio no tendría quién combatiera y el Estado perdía su poder como organizador de la sociedad, obviamente esto acarreaba tarde o temprano nula lealtad al emperador.
  2. Los sacerdotes, monjes y terratenientes, como lo sería el papa en Roma gracias a la Pragmática Sanción de Justiniano I, no estaban sujetos al servicio militar. El imperio nunca tuvo un ejército grande, pero sí muy disciplinado y profesional; que el clero no sirviera en el campo militar, propiciaba que éstos no fomentaran en el pueblo un sentimiento de pertenencia y amor por el imperio, lo que nosotros llamamos patriotismo, ya que ellos vivían por y para la Iglesia de Dios.
  3. El clero y los dueños de tierras no estaban dispuestos a pagar impuestos por las grandes riquezas que acumulaban en sus monasterios e iglesias gracias a las reliquias santas. Para mantener un imperio se necesita dinero, una buena mejor forma de obtenerlo podía ser a costa de los adoradores de imágenes.

La reforma de León III simplificaba la liturgia y afianzaba el poder imperial. Por supuesto, la Iglesia se opuso. Se formaron dos bandos: iconoclastas (destructores de imágenes leales a León III) e iconodulos (quienes veneraben iconos).

Los iconodulos utilizaron un recurso muy efectivo para enfrentar al enemigo. Los sacerdotes convencieron al pueblo de que destruir una imagen era blasfemia y conllevaba la condenación eterna, amenaza suficiente para pensarse dos veces las órdenes del emperador. Además tenían otro punto: en el 723 el califa, la figura política y religiosa más importante del islam, ordenó destruir todas las imágenes de las iglesias que estuvieran dentro del territorio musulmán. Por lo tanto, los iconodulos podían decir: “miren, miren: el emperador destruye imágenes como los infieles. Es igual que nuestros enemigos”. La gente poco sabía de las implicaciones políticas, si es que les importaba, y tampoco ponía mucha atención en la disputa ideológica; lo que sí entendían bien era que el emperador estaba destruyendo imágenes del salvador, la virgen María, los santos. Para ellos esto era una ofensa y algo poco muy poco cristiano, así que el emperador perdió mucho apoyo.

Surgieron rebeliones, por ejemplo en Grecia, que el ejército reprimió duramente. León III podía controlar los territorios de Grecia, los Balcanes y la actual Turquía, pero en la periferia, específicamente Italia, el poder no era tan fuerte. León III se encontraría con el mayor opositor a su reforma, alguien que la mismo tiempo acaparaba más tierra en la región: el papa.

Iconoclasia e Italia: todos contra todos

En Roma el papa era Gregorio II, su pontificado inició en el 715. El imperio tenía posesiones al sur de Italia y en el norte en Exarcado de Rávena, una forma especial de provincia que fue creada en épocas de Justiniano I. Dentro del exarcado se encontraba la ciudad de Roma, por lo tanto, el papa, administrativamente, estaba por debajo del exarca (el gobernante y representante del emperador) y del mismo emperador.

En 727 León III envió una carta para “invitar” al papa a adherirse a la reforma iconoclasta o atenerse a las consecuencias. Básicamente le dijeron: “o se somete o lo dejamos sin chamba”- Gregorio tomó ofensivo esto, era un defensor de las imágenes. Además, dentro de su pensamiento, él era la cabeza de la Iglesia, al menos de facto, porque ningún obispo en occidente tenía su fuerza, y luego de las conquistas árabes, el único obispo que le competía era el patriarca de Constantinopla. Como cabeza de la Iglesia, Gregorio II no podía permitir que el emperador, el poder civil, se entrometiera en asuntos de fe porque la Iglesia y sólo ella, podía interpretar los designios y palabra de Dios.

Gregorio II se negó a la orden de León III y dio un pasó más allá: excomulgó, o sea apartó de la comunidad católica y le prohibió los sacramentos, al exarca de Rávena; además, hizo un llamado a los habitantes de Roma a no pagar el tributo al emperador. Esto era una guerra declarada: Iglesia vs. Estado. Las acciones del papa no eran una simple valentonada; existían las condiciones propicias para ello: el poder imperial no tenía tanta fuerza en Italia, los cristianos occidentales, católicos, estaban de su lado y despreciaban la iconoclasia; además, el exarca no tenía tanto poder y mando en su territorio. Ese mismo año, en el exarcado hubo conflicto, el ejército se amotinó y desconoció la reforma de León, así como al exarca a quien asesinaron, y al mismo emperador. Por supuesto, León III no permitiría esta rebelión y envió a un nuevo exarca. Los rebeldes pensaban marchar a Constantinopla y nombrar un nuevo emperador, pero el papa, en un giro por lo menos extraño, les aconsejó no hacer nada contra la autoridad imperial.

El nuevo exarca, Eutiquio, nada más llegar a territorios del exarcado en el mismo 727, hizo el llamado a asesinar a Gregorio II, pero la gente se puso de parte del papa y lo defendía tanto como a los iconos. Era un conflicto serio, no se trastaba de un simple malentendido, León III estaba dispuesto a llevar su reforma a las últimas consecuancias y el papa a resistir.

La historia no es de buenos contra malos; hay que entender los acontecimientos y por qué se llevan a cabo. El conflicto entre Iglesia y Estado era, más allá de los asuntos de fe, el poder, o sea, ¿quién mandaba? Por más que Gregorio II quisiera retirarse el yugo imperial, sabía que no era tan fácil; la reforma claro que los tenía enfrentados, pero ¿qué alternativa o aliados había? Del otro lado estaba el siempre amenazante islam, que con el tiempo conquistó Sicilia; el reino visigodo ya no existía, apenas estaba en sus primeros pasos la resistencia de los futuros reinos cristianos, y en el norte de Italia se encontraba un reino fundado por un pueblo de origen germano: los lombardos. Gregorio tenía enemigos por todos lados y pocas opciones, se decidió por elegir el mal menor.

Pero ¿quiénes eran estos lombardos? Se trataba de un pueblo que apareció en la historia después de la caída del Imperio Romano de Occidente. Llegaron a la Península Itálica en el siglo VI y enfrentaron a los bizantinos, la actual región italiana de Lombardía debe su nombre a este pueblo. Obtuvieron victorias y arrebataron territorios. Se volvieron en un poder importante en la región; no eran amistosos con el imperio y tampoco con el papa. Los lombardos se convirtieron al cristianismo pero adoptaron la corriente arriana, eso los enfrentaba con los católicos. Siempre estuvieron amenazante y tenían intenciones expansionistas. Con el tiempo se convirtieron al catolicismo, pero seguían sin ser una opción confiable para alianza. Al momento en que surge el conflicto iconoclasta, los lombardos tenían por rey a Liutprando, persona muy importante para lo que ocurrió después.

Estaba solo, caería sin duda ante el poder de esos germanos, nada los detendría, ¿o sí?

Gregorio II se preguntó: “¿la herejía imperial o los lombardos?”, y decidió optar por los segundos. En 728 el papa “sugirió” a Liutprando atacar el exarcado para ayudar a Roma. “Mira, si tú atacas al exarcado, yo reconoceré tus conquistas”, por supuesto a Liutprando le encantó la idea, pero “¿por qué sólo el norte cuando puedo ser rey de toda Italia?”, Los lombardos iniciaron su ofensiva. Estuvieron a nada de tomar Rávena, fueron derrotados. entonces el papa se pensó otra vez la alianza. Sí, los lombardos acabarían con los bizantinos, pero quién le aseguraba que después estos germanos no marcharían sobre Roma. No había trato con el imperio, “nada con los herejes”, en los lombardos no se podía confiar.

Las cosas estaban por empeorar: después de atacar a los bizantinos, Liutprando intentó que el papa reconociera sus conquistas, éste se negó y en el año 729 el ejército lombardo marchó sobre Roma. “¡Oh! Y ahora, ¿quién podrá ayudarme?”, se preguntó desesperado el papa. Estaba solo, caería sin duda ante el poder de esos germanos, nada los detendría, ¿o sí?

En ese momento recordó que podía existir una ayuda: más allá de los Alpes se extendía el reino franco, los reyes de ese momento no eran inteligentes ni buenos políticos; de hecho, se les conoce en la historia como Los Reyes Holgazanes, pero estos únicamente ostentaban el poder de forma nominal, quien ejercía la autoridad era un hombre llamado Carlos Martel, quien tenía un buen prestigio como militar y también como político. “Tal vez…” pensó Gregorio II, se trataba de su última esperanza.

Lo que ocurrió se sabrá en la siguiente entrega.

Continuará…


Lee la primera entrega de esta serie:

IGLESIA VS. ESTADO: ¿QUIÉN TIENE EL PODER? (PARTE 1)


Daniel Medina Flores es licenciado en Letras y maestro en Literatura Hispanoamericana por la UAZ. Militante izquierdista en la Juventud Comunista de México, docente y lector apasionado de historia, fantasía heroica y terror.


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